Perfil de un libertario
EL PERFIL
Mijail Aderlovich Bakunin. Nació rico y murió pobre, si es que la riqueza y la pobreza se miden en dinero y bienes materiales. Fue un idealista anarquista que recorrió el mundo peleando en revoluciones reales e imaginando revoluciones utópicas que nunca ocurrieron (¿ni ocurrirán?).
Bakunin, de ahora en más Miguelito, era un tipo robusto y barbado, dicen que bastante cabrón, que fue condenado a muerte pero se salvó, al que mandaron preso y a la Siberia, pero que se dio el gran gustazo de recorrerse Europa entera haciendo despelote.
Bakunin decía de sí mismo que no era ni un filósofo, ni un sabio, ni mucho menos un escritor: “¿Quién soy yo, pues? Yo soy un buscador apasionado de la verdad y un enemigo, no menos apasionado, de las ficciones desgraciadas con que el partido del orden, ese representante oficial, privilegiado e interesado en todas las torpezas religiosas, metafísicas, políticas, jurídicas, económicas y sociales, presentes y pasadas, pretende servirse, todavía hoy, para dominar y esclavizar al mundo. Yo soy un amante fanático de la libertad, a la que considero como el único medio, en el seno de la cual pueden desarrollarse y agrandarse la inteligencia, la dignidad y la felicidad de los hombres...”
Este Miguelito, con el correr de los años tan admirado, condenado, e imitado (a veces sabiendo, a veces sin saber), nació el 8 de marzo de 1814 como parte de una numerosa familia aristocrática en un punto de Rusia que se llama Priamujino, provincia de Twer.
Alrededor de su nobleza rural, crecían en aquella Rusia la pobreza y el despotismo. El padre de Miguel se había doctorado en Filosofía en Italia. Y su ambiente familiar estaba saturado de misticismo e iluminismo.
Como casi todos los de su clase, Miguelito cursó estudios en la academia militar de San Petesburgo, donde permaneció algún tiempo ejerciendo como oficial de la guardia imperial.
Renunció al cargo y se dedicó a viajar por Europa durante varios años antes de meter su cuerpo y su alma en las revoluciones de 1848 y 1849 desatadas en París y en Alemania.
Dicen que el primer libro alemán que leyó le cambió la vida y la forma de ver y sentir el mundo: era “Crítica de la Razón Pura”, de Fichte.
Se vio cautivado por el romanticismo alemán y de forma muy especial una obra que en adelante iba a citar a menudo: El Fausto de Goethe. Le encantaba la idea de la libertad personal, la rebelión de lo desconocido, de lo natural, de lo popular, de lo telúrico, de lo inédito, contra la dominación de lo racionalizado, legalizado o centralizado.
Lo arrestaron en Austria y fue condenado a muerte. Pero la suerte (¿buena o mala?) estuvo de su lado: lo mandaron a Rusia, donde fue encarcelado varios años.
Lo trasladaron a Siberia en 1855, de donde escapó en un barco estadounidense con destino a Japón y llegó a Inglaterra en 1861. Desde entonces hasta el día de su muerte –el 1º de julio de 1876– se dedicó a difundir el pensamiento anarquista por toda Europa.
En 1869 fundó la organización semiclandestina Alianza Democrática y Social, oponiéndose en calidad de dirigente del grupo a Karl Marx en la I Internacional. Ese enfrentamiento concluyó con la expulsión de Bakunin en 1872. El resto de su vida vivió en Suiza, sumido en la miseria y planeando conspiraciones que nunca llegaron a realizarse.
Nació rico, murió pobre. Y libre.

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